miércoles, 27 de mayo de 2015

Ensueño 1

El mar me lleva a su merced como el viento a las hojas secas. Tan cerca de la superficie. Tan lejos. Puedo rozar el aire con los dedos, pero en cuanto intento dar la última brazada para calmar al fin mis ardientes pulmones, una ola me arrastra de nuevo al fondo. Acepto mi destino. Solo pido que acabe pronto. Que acabe ya. Pero nunca acabará, porque nunca ha sucedido. Me despierto. La cama está empapada en sudor. Nadie creería que el único tipo de sueño húmedo para mí es este, que se repite noche tras noche.
Las personas que sufren estrés postraumático tienden a revivir sus malas experiencias una y otra vez, abstrayéndose de la realidad y sumiéndose en un episodio terrorífico. Esto podría tener sentido conmigo. Pero el caso es que nunca he visto el mar salvo en foto. La infinidad que tantos marineros han contemplado durante siglos intentando atisbar algo de tierra, encerrada en una ventanita.
Tal vez tenga miedo a lo desconocido.
Nunca me han embestido las olas, jamás he sobrevivido a una tormenta en alta mar, pero me encuentro en el ojo del  huracán cada noche.
Empecemos por el principio. Tengo un problema. Pero a diferencia de la mayoría de los chicos de mi edad, no intento olvidarlo perdiendo la noción de mi misma con drogas y alcohol. Quitarme el nerviosismo fumando.  Deprimiéndome y volviéndome a reanimar con mierdas que me matan lentamente.
Creo que no soy la única  que sufre este problema. Tiene nombre y apellidos y vive en mi misma casa. Mi problema soy yo. Mi problema es que no sé quién soy.
Provengo de una larga saga de personas extremadamente exageradas.
Una de mis tatarabuelas, cuando veía que nadie le hacía caso, se tiraba a un pozo.  Al ser las enaguas tan anchas y rocambolescas, se quedaba flotando gracias al aire atrapado en su falda. Después tenía a su marido y a sus hijos mareados para encontrar una forma de sacarla de allí.
Yo no llego a tal extremo. Bueno; ya se vería si instalaran un pozo en el jardín.
A mi abuela el médico le recomendó que redujera el consumo de sal, porque tenía problemas de tensión. A partir de entonces no volvió a tocar el salero. La comida le quedaba tan terriblemente insípida, que dejó de comer.
Creo que esto ilustra un poco el carácter de las féminas en mi familia. Yo no podía ser de otro modo.
-¡Escóndete!
-¿Qué?
-¡Rápido, mis padres están al llegar!
-¡Pero estoy desnudo!
Consigo enrollarlo en una manta y empujarlo al armario al tiempo que suena la puerta de la entrada. Tengo veinte segundos. Corro la puerta del armario. Oigo un gruñido quejumbroso.
-Ssssh, los armarios no hablan.
Me pongo el camisón a toda prisa y me tumbo en la cama. Me siento como cuando tenía ocho años y no quería que mis padres me pillaran jugando a la Nintendo de madrugada. Ahora finjo dormir. Un atisbo de luz invade mi cuarto.
-La habitación ya parece una pocilga.
Ni “dormir” tranquila me deja mi madre.
-No sé cómo se las apaña para dejarlo todo siempre hecho un desastre.
Mamá, se supone que no puedo oír tus quejas, vete ya.
-¿Y la alfombra esa? Llena de mierda.
¿Podrá Félix respirar ahí dentro?
-Mira que se lo tengo dicho- resopla.

Y al fin se va. Dejando la puerta abierta. Aprieto los dientes. Sé que no es bueno, pero darle un puñetazo a la pared haría demasiado ruido. Y ahora la pregunta: ¿Por qué hay un hombre encerrado en mi armario? La respuesta más  sencilla sería: “Porque tú lo empujaste dentro.”. Pero la historia es un poco más larga.

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