Aquel día nos dieron una autorización parental para formar
parte de un programa que intentaba promover el uso de bicicletas entre los
jóvenes. Para que en las calles empezaran a verse más ciclistas, con que el
ayuntamiento construyera más carriles bici era suficiente. Me pregunté si
querrían convertir Madrid en una réplica de Ámsterdam. La cosa es que la capital
de Países Bajos era tan plana como la profesora .Así sí que se podía pedalear.
La actividad era obligatoria si querías aprobar educación
física. Y lo mejor de todo: no tenía bicicleta.
-Mañana a las 8:30 os quiero ver a todos con una bicicleta
en la entrada del instituto. No me importa si no tenéis una. Estoy segura de
que algún amigo o primo vuestro os la puede dejar. También tenéis tiendas de
segunda mano y alquileres de bicicletas por todas partes.
Aquella mujer escupía al hablar. Lo sentía mucho por los
pobres sentados en primera fila. Estaban tomando (esperaba) su segunda ducha
del día.
-Os explicaré lo que haremos mañana: permaneceremos todo el
horario de clases siguiendo el recorrido pactado por el programa. Yo iré la
primera, seré la guía. Si alguien me adelanta, suspenso. Si alguien se baja de
la bicicleta, suspenso.
Empecé a anotar una rayita en la agenda cada vez que decía
"suspenso". Al llegar a la rayita número 23 paró.
-¿Qué le parece tan gracioso, señorita Pérez?
Dos decenas de ojos curiosos se giraron en mi dirección. Y
otros tantos detrás de mí que no podía ver, pero sentía sus miradas clavándose
en mi nuca.
No podía decirme nada por pintar rayas en la agenda. ¿O sí?
Bueno, con cada rayita había intentado disimular sin éxito
una risita tonta, pero su lista resultaba interminable.
-Primero de Bachillerato no es quinto de la ESO, señorita
Pérez. Así que déjese de tonterías. Volviendo al tema...
Como siguiera enumerando prohibiciones iba a acabar con un
parte. No podría contener más la risa.
-Así que les aconsejo que duerman bien.
Dormir, lo que me faltaba. El timbre sonó para dar fin a su
monólogo. Parecía cronometrado.
-Debería seguir su consejo, señorita Pérez.-la voz a mi
espalda recalcó cada sílaba de "señorita Pérez" como si tuviera
sentido por separado.
Lo que me faltaba. Jesuá podía ser realmente irritante
cuando se lo proponía, así que le dediqué una mueca desafiante y desapareció
con una risotada. Estaba demasiado cansada para responderle y entrar en su
juego.
-No le hagas caso. No tiene la culpa de ser tan retrasado.
Menos mal que tenía a Amanda. Me agarró del brazo y me
dedicó una sonrisa pícara.
-Ahora me vas a volver a contar, y esta vez con pelos y
señales, por qué un buenorro te ha traído al tuto en bicicleta.
Sentí cómo me subían los colores.
-No puede ser.
-¿El qué?
-¡Te gusta! ¡A Ofelia le gusta alguien! Ya pensaba que
tenías incapacidad de amar.
A esas alturas parecía un tomatito con patas.
-Lo siento, pero no sufro alexitimia.
-¿Ves? Por esas palabras raras que sueltas, a veces me
pregunto si eres una chica o una criatura biónica almacena-datos.
-Ya vale, ¿no?
-¡Me lo tienes que presentar!
-Antes tendré que volver a verlo...
Me molestaba un poco que no me hubiera dejado un teléfono ni
ninguna forma de contactar con él. Antes de invitar a alguien a un café le das
tu móvil, tu correo, algo.
-No te preocupes, sabe cuál es tu instituto. Ya verás cómo
vuelve a buscarte.
-Dicho así le haces parecer un acosador.
Una parte de mí esperaba encontrarlo en la salida, pero no
apareció.
Estaba agotada. Nada parecía real. Los colores se veían más
apagados que de costumbre. Los ojos me lloraban sin que pudiera hacer nada por
evitarlo. Tenía la cabeza embotada, como si llevase un casco hecho de algodón.
Tal vez ese era el momento de echar una cabezada.
Nada más llegar a casa me desplomé sobre la cama y cerré los
ojos. Pero no podía dormir. Sentía el peso muerto de mi cuerpo sobre el
colchón. Pero mi mente se mantenía increíblemente despejada. ¿Había olvidado
cómo dormir?
Me desperté paralizada. No sabía si había dormido algo. Pero
si me había despertado... significaba que algo habría tenido que dormir. Sentía
una presión en el pecho y el cuerpo no me respondía. Era como tener un íncubo
sentado encima. Había oído hablar de esta sensación. La llamaban parálisis del
sueño. Era desesperante. Solo quería mover la muñeca para averiguar qué hora
era. Ser incapaz de mover tu cuerpo es muy incómodo. Un último intento. A la de
tres me daría la vuelta. Una. Dos. Giré con tal violencia que pegué un brinco y
dejé de sentir el mullido colchón debajo.
Cataplás.
Me confortaba el hecho de haber recobrado la movilidad.
Sinceramente, hubiera preferido las pesadillas. Parecía que mi subconsciente me
había declarado la guerra.
Era la una de la mañana. Había dormido unas 10 horas. No
estaba mal para una siestecita.
Me moría de hambre. Al parecer, comerme solo el suelo se me
había quedado como poco.
Me llevé una caja de galletas de la despensa. Y entonces lo
recordé.
-¡Mierda, tengo que conseguir una bicicleta para mañana... O
sea... Hoy!
¿Dónde podría conseguir una bici a esas horas?
Antes de formular la pregunta ya conocía la respuesta.
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