Estaba harta, harta de tener siempre la misma pesadilla. Lo
recomendable y lo que una persona normal haría, sería visitar un psicólogo para
que llegase a la raíz del problema y le ayudase a eliminarlo. Pero no soy una
persona normal. Los psicólogos me parecen unos charlatanes, y no tengo tiempo
ni dinero para permitirme uno. Así que decidí dejar de dormir.
Una persona normal puede aguantar unos once días sin dormir.
Tal vez en ese tiempo mi subconsciente se curara y aprendiera que mi
consciencia manda.
La primera noche fue la más fácil. Café, auriculares
taladrándome los oídos al ritmo de un bombeante bajo, un buen libro y tiempo
para disfrutar. A la mañana siguiente lo que más destacaba en mi cara eran mis
ojeras: el recordatorio de que estaba venciendo a mi propio cuerpo.
Ese día sobreviví al instituto a base de cafeína y fuerza de
voluntad, porque ocasiones para dormir no me faltaron entre tantas clases
aburridas. Pero al llegar la noche…
Sacudía con auténtico horror el bote vacío de café
instantáneo. ¿Qué iba a hacer ahora?
Calma, no era el fin del mundo. Volvería a mi cuarto y
disfrutaría de otra noche de insomnio provocado.
La verdad es que la noche tiene algo mágico. Se oyen
ronquidos suaves, cuyo sonido se mitiga por las paredes. Si se viera alguna
estrella, subiría a la azotea a contemplar el cielo. Aunque seguramente me
dormiría en el intento.
Intenté leer, pero las letras daban vueltas y se superponían
unas con otras. Tenía demasiado sueño para enfocar la vista. Así que decidí dar
una vuelta. Igual incluso encontraba una cafetería abierta. Si eran solo… las 4
de la mañana. Cosas más raras se han visto.
Salí sigilosamente, como un gato. Aunque iba con todo el
cuidado del mundo, eso no evitó que me diera una hostia contra el marco de la
puerta.
-Pero mira que eres torpe.
Hablar sola me ayuda a centrarme. Esperé unos segundos. Si
alguien se hubiera despertado ya estaría gritando adónde iba yo a estas horas.
Así que seguían durmiendo, al igual que el resto de la ciudad.
Las calles estaban prácticamente desiertas. Pasaba algún
coche de vez en cuando. Todas las tiendas cerradas y atrincheradas.
-Menudo ambiente. ¡Fiesta!
Vagué sin rumbo por las calles hasta que encontré algo que
me llamó la atención. Era como una explosión de luces brillantes al fondo de la
acera. La falta de sueño me afectaba a la vista. Descubriría qué era aquello, y
después volvería a casa. A medida que me acercaba, aumentaba el volumen de la
música.
“Topless club” rezaban las luces de neón. Genial. Me había
llamado la atención un puticlub. ¿Y si entraba? Dentro no me dormiría. Apoyé la
mano sobre el pomo de la puerta.
-Yo que tú no lo haría.
Una voz sonó a mi espalda.
-No tienes la pinta de las otras chicas que entran ahí.
Había un hombre sentado en un banco a mi espalda.
-¿Y tú qué sabes? Igual trabajo aquí.
Se levantó. Estaba avanzando hacia mí. Media sonrisa pintada
en una barba de tres días.
-No, no lo haces.
-Por lo que veo eres un cliente habitual.
Soltó una carcajada. Seguía acercándose.
-Igual soy una cocainómana que viene en busca de una forma
de pagar a su camello.
Una sonrisa digna de un anuncio de dentífrico. Y unas ojeras
incluso mayores que las mías.
-Chiquilla, tienes una pinta horrible. Pero nada que una
buena noche de sueño no pueda arreglar.
Estaba tan ceca que podría tocarme con solo alargar el
brazo.
-Te digo lo mismo.
Tenía una mirada penetrante, pero a la luz de las farolas
podría ser de cualquier color.
-¿Quieres que te invite a un café?
Un café era justo lo que necesitaba.
-¿A estas horas?
-Nunca es mala hora para tomar un café.
Me guiñó un ojo. Iría a cualquier parte si él y esos ojos
venían conmigo.
-¿Y cómo sé que no eres un violador? Mi madre dice que no hay
que hablar con extraños.
-Vaya, ¿la chica que estaba a punto de entrar a un
prostíbulo ahora se preocupa de que sea un violador?
- No puedes responder a una pregunta con otra pregunta.
-En ese caso, tendrás que confiar en mí.
Me tendió una mano.
-A mi madre no le gustaría.
-Tu madre no está aquí.
Sonreí y le cogí la mano.
-Touchée. Pero luego tendrás que explicárselo tú.
-Lo haré encantado.
Me estrechó la mano y tiró de mí.
-Vamos, conozco un sitio que está abierto a estas horas.
Lo seguí torpemente.
-Voy de la mano de un tío que ni siquiera sé cómo se llama,
que espera sentado frente a un prostíbulo a jovencitas indefensas para
secuestrarlas y drogarlas a base de café.
-Voy de la mano de una cocainómana que vende su cuerpo por
amor al vicio. Y, por cierto, me llamo Félix.
-Yo Ofelia, encantada.
-¿Ofelia? Perdona que te lo diga, pero tus padres no tienen
mucho gusto para los nombres.
-Díselo a mi hermano Teodorico.
-No jodas.
-En serio. A mis padres siempre les han gustado los nombres
de los reyes visigodos.
-En ese caso espero por su bien que no tengas más hermanos.-
Félix apenas podía respirar de la risa.
-Muy gracioso, te ríes de mi nombre, el de mi hermano, y
deseas la infertilidad de mis padres. Eres un encanto.
-Se hace lo que se puede.
Me volvió a guiñar un ojo. No es justo, debería enfadarme
con él.
Entonces bostecé estrepitosamente.
-¿Tanto te aburro?
-No es eso, es mi segunda noche sin dormir. De verdad que
necesito un café.
-¿Entonces me estás utilizando porque no hay sitio donde
comprar café?- se llevó una mano al pecho y fingió estar dolido.
-¿Cómo puedes pensar eso de mí? Siempre acepto cafés de
desconocidos de buena fe y sin intenciones ocultas.- me llevé una mano a la
cabeza fingiendo estar ofendida.
-¿Eso quiere decir que no soy el primero que te invita a un
café?
-Digamos que eres el primero que me invita a un café a las
cinco y media de la mañana.
-Algo es algo.- se encogió de hombros.
-Una cosa: si no eres cliente del puticlub, ¿qué hacías al
lado de la puerta?
-Pasar el rato.
Lo miré y levanté una ceja.
-Bueno, ya que no te conformas con la respuesta corta, te
contaré mi vida. Sufro de insomnio, y las noches que no puedo dormir, doy una
vuelta por aquí a ver si me canso y consigo echar una cabezada. Me paré en el
banco como casi todas las noches. Es el lugar más animado de por aquí. Me gusta
ver a los infelices que entran y salen del prostíbulo. Y las luces de neón me
parecen hipnóticas y fascinantes.
-¿Entonces te tiras la noche viendo a putas y desesperados
entrar y salir de allí?
-Para mí es como contar ovejas.
No podía para de sonreír.
-Estás como una cabra.
-Hemos llegado.
Paramos frente a una cafetería. Pero el cierre estaba
echado.
-¿Qué significa esto?
-Espera que busque las llaves.
-¿Diriges una cafetería?
Estaba pasmada. No parecía tan mayor como para ser el dueño.
-Es de mi tío. Pero lo ayudo a veces. Te contaré un secreto:
siempre hay más clientas cuando ando por aquí.
Me guiñó un ojo al tiempo al tiempo que encendía la luz. Me
pregunté si tendría un tic. En todo caso era adorable.
-Tu modestia me abruma.
-Siento decepcionarte, pero la modestia no se encuentra
entre mis muchas virtudes.
-Ya veo, ya.
-Bienvenida al "Bar Cafetería Manolo".
Abrió los brazos en un gesto de "Voilà, todo esto es
nuestro.".
-¿Tu tío ha llamado a su bar por su nombre?
-¿Qué tiene de malo?
-Lo mismo que llamar a alguien Teodorico.
Se metió detrás de la barra. Era un sitio acogedor. Pequeñas
mesas redondas de color negro se arremolinaban
sin ningún orden sobre el suelo embaldosado. Nada tenía que envidiar a
la más encantadora cafetería de París.
-¿Qué te apetece?
-Un mazagrán.
-Para que pueda servirlo antes tendrás que explicarme qué es
eso.
-Oh, perdón, a veces se me olvida que no estoy en mi pueblo.
Un solo con hielo.
-¿Así que un mazagrán es un solo con hielo?
-Bueno, hay gente que le añade licor, pero en Herencia es
solo café.
-Entiendo.
Había aparecido un brillo extraño en sus ojos. Verdes. Como
los de un tigre a punto de atacar. La luz allí era más clara, así que por fin
pude verlo nítidamente.
La piel clara, en contraste con sus ojeras. Lo más extraño
era que las ojeras le quedaban bien. Resaltaban su mirada. ¿Cuánto tiempo
llevaría sin dormir para que adquirieran un tono tan oscuro? Eran color ceniza
amoratado. Casi parecía que alguien le hubiera dejado marcas de puñetazos. El
pelo, al igual que la barba, era color castaño oscuro, y le caía alborotado
sobre la frente. Las cejas eran espesas y definidas. La mandíbula marcada. Los
labios finos y carnosos. Tenía pinta de motorista con su cazadora de cuero. Se
movía con desenvoltura cogiendo vasos y activando cafeteras.
-Si sigues mirándome así vas a conseguir que me sonroje.
No me había percatado de que estaba observándolo fijamente
apoyando la cabeza sobre una mano. Parecería idiota. Me recompuse rápidamente y
la que se sonrojó fui yo.
-Un mazagrán para la dama.
-Gracias.
Cogí tímidamente el vaso y di un buen sorbo.
-Me he tomado la libertad de verter el café en el vaso con
hielo. Espero que no le importe, señorita.
Gesticulaba con una reverencia y respeto exagerados.
-No se preocupe, está perfecto, caballero.
Aquel era su turno de escrutarme con la mirada. No te
sonrojes, no te sonrojes. Tarde. Esos iris se te clavaban como un cuchillo. Era
imposible dejar de mirar. Se encontraba demasiado cerca. Había apoyado los
codos sobre la barra y nuestras narices estaban a punto de rozarse.
-Yo te conté mi vida. Ahora te toca a ti.
Le expliqué todo lo del mar, la asfixia y mi promesa de no
volver a dormir hasta que solucionara mi problema.
-Eres la persona más exagerada que he conocido.
Rebosaba entusiasmo.
-Mmm... Gracias... Creo.
Me sentía más despejada. Miré el reloj.
-¡Joder, ya son las ocho!
-Con esa cara de ángel y tan mal hablada.
-¡El instituto empieza a y media!
Espera, ¿ha dicho que tengo cara de ángel?
-Calma. Superfelix al rescate. Yo te llevo.
Entonces sacaría su moto tuneada y me llevaría al instituto
ante la mirada flipada de todos mis compañeros de clase. Rollo americano.
Ofelia, baja de la nube.
-Cuando dijiste que la modestia no era una de tus virtudes
no pensé que llegaría a este extremo. ¿Superfelix al rescate?
-Dame un minuto.
Desapareció por una puerta con un cartel que rezaba
"Privado" en ella. Salió de allí cargando con una bicicleta.
-¿Y la moto?
-Estoy en ello. Me faltan 600 euros aún.
-¿Y cuánto cuesta la que quieres?
-600 euros.
Me puso un casco y se subió a la bicicleta. Le dio unas
palmaditas a la parte trasera de la bici, donde había una plataforma sobre la
rueda. Muy cómodo no iba a ser.
Félix con la bici se encontraba en su elemento. No me
extrañaba que no quisiese una moto. Esquivaba los coches como si estuvieran
parados. A esa hora la gente que iba a trabajar no se esperaba que una
bicicleta los adelantase como salida de la nada.
No fue un viaje de placer precisamente.
-Si llegas tarde, puedes decir que te has dormido. Con tu
cara de empanada nadie lo pondría en duda.
¿Dónde se quedó lo de cara de ángel?
-Siempre puedo decir que un ciclista que se cree motorista
me secuestró.
Estaba enganchada a él como un koala a un árbol de eucalipto.
Solo faltaba que enganchara las piernas también. Pero seguramente no podría
pedalear, nos caeríamos, moriríamos y la policía archivaría el caso como un
secuestro y homicidio imprudente.
-Oye, ¿es ese tu instituto?
Había cerrado los ojos del miedo que tenía a caerme. Veía
estrellitas de colores. Pero sí, era mi instituto.
-Gracias por traerme.
Me quité el casco y se lo puse a él. Se despidió con un
gesto de mano y un "hasta luego". En la entrada no había apenas
gente, y la poca que había estaba demasiado adormecida como para haberse fijado
en mi entrada. Miré atrás y Félix estaba haciendo un caballito. Payaso. Y así
chicos, fue cómo conocía vuestro padre.
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